Campesinos de Gaza ven cómo sus cultivos se secan y mueren tras el
paso de un avión israelí que roció la zona con productos químicos.
eldiario.es habla en Gaza con algunos de los afectados: "Los israelíes me quemaron las plantas con el fumigado", denuncia Nael, de cuyo trabajo en el campo dependen los siete miembros de su familia.
eldiario.es habla en Gaza con algunos de los afectados: "Los israelíes me quemaron las plantas con el fumigado", denuncia Nael, de cuyo trabajo en el campo dependen los siete miembros de su familia.
A finales del mes de diciembre de 2015, un
avión agrícola israelí surgió por encima de la Línea Verde, la frontera
de facto que separa la Franja de Gaza de Israel. El avión comenzó a
expulsar el químico con el que pretendía deshacerse de las malas hierbas
en la zona patrullada por soldados israelíes y vigilada por torretas
militares mecanizadas con robots y ametralladoras. Tras cumplir con su
misión, dio la vuelta y retornó a Israel.
En cuestión
de días, los campesinos y agricultores gazatíes vieron cómo sus
cultivos se secaban, morían, dejando una estampa amarilla donde el verde
debería ser el color prevaleciente en esta época del año.
El fin justifica los medios
Jaled Abu Mandil
vive desde hace más de 20 años junto a su tierra, en el este del campo
de refugiados de al-Maghazi, centro de la Franja de Gaza. Su casa ha
sido destruída en cada guerra y siempre ha vuelto a levantarla, aunque
ahora sea más bien una choza construida con varios ladrillos, placas
metálicas y ramas secas de palmeras.
En estos días,
además, está viendo cómo se echa a perder la mayor parte de su cosecha,
la única fuente de ingresos para él y su familia.
“Sucedió hace un par de semanas. Apareció una avioneta israelí y comenzó
a echar herbicida, -relata Jaled.- Siempre rocían parte de nuestros
campos, pero nunca habían llegado a rociar tanto. Solían llegar hasta
los 100 metros dentro de la alambrada de la Línea Verde en Gaza, pero
esta vez el veneno ha llegado hasta los 500 metros”.
La cebada que había plantado Jaled
murió al tercer día de ser bañada con el destructible químico israelí.
El trigo no aguantó mucho más. En plena temporada de recogida, los
guisantes de este campesino sucumbieron también al veneno. Todo está
amarillo tal y como muestra a eldiario.es uno de sus hijos pequeños.
“Si los israelíes nos dijeran al menos que van a echar esos productos
pues nosotros no plantaríamos", afirma Jaled con sentimiento de
hartazgo. "Plantar todo esto cuesta dinero. Solamente preparar la tierra
y sembrarla son 5.000 NIS [1.000€]. Ahora he perdido al menos 2.000
dinares jordanos [más de 2.500€]. ¿Por qué nos hacen esto?”.
El pasado 23 de diciembre, el ministerio de Agricultura en Gaza anunció
que miles de dónums habían quedado afectados por un químico herbicida
expulsado desde el aire por israelíes en las zonas centro y sur de la
Franja de Gaza.
“La fumigación aérea con herbicidas e
inhibidores de germinación se realizó en la zona a lo largo de la valla
fronteriza la semana pasada con el fin de permitir las operaciones
óptimas y continuas de seguridad", informó un portavoz del Ejército
israelí al portal de noticias +972.
De este modo el
fin último, aclarar la zona de hierbas para mejor visualización de los
militares israelíes, justificó los medios por los cuales los campesinos
de las zonas afectadas se han quedado sin cultivos, muchos de ellos
arruinados, y el resto de la población de la bloqueada Franja de Gaza,
el 80% de la cual depende de la ayuda alimentaria, sin una parte
importante de verduras y hortalizas.
A esta acción se
le unen las repetitivas “nivelaciones” del terreno, es decir,
incursiones terrestres limitadas en las zonas de la Línea Verde con las
que excavadoras blindadas allanan el terreno palestino y destruyen todo
lo que está a su paso.
Misión de “seguridad” y castigo colectivo
Las tierras de Jaled estaban a 100 metros de la Línea Verde, sin
embargo, hay muchos casos en los que los cultivos se encontraban a más
de 300 metros, salvaguardando la distancia de las autodenominadas por
Israel ‘Áreas de Acceso Restringido’ (ARA, en sus siglas en Israel), un
eufemismo que las organizaciones de derechos humanos palestinas critican
sin cesar ya que los límites de seguridad los establece unilateralmente
Israel y sus fundamentos son de carácter arbitrario e impredecible.
Así, los campos de Nael Hiyyi en la zona de Johr-Eddik a 400 metros de
la alambrada israelí no deberían haber sufrido el baño de herbicidas
puesto que está a una distancia más que prudencial de la línea
divisoria.
“Los israelíes me quemaron las plantas con
el fumigado", expone Nael. "Se me echó a perder más del 80% del
calabacín plantado, la mitad de las judías, las espinacas y la col”.
Nael tiene 37 años y de sus trabajo en el campo dependen los siete
miembros de su familia.
“Estoy endeudado y ahora con la
pérdida de esta temporada no sé qué voy a hacer. Yo solo deseo que haya
paz y que se ponga fin a los problemas, a los bombardeos y destrucción
de nuestras tierras para que mi esfuerzo y mis inversiones vean sus
frutos”, lamenta Nael.
Abu Adnan es el mokhtar (el
notable) de una de las zonas afectadas. Se queja de que ellos son los
que absorben la rabia del Ejército israelí frente a operaciones de las
milicias palestinas y asegura que cualquier daño producido por las
autoridades israelíes contra la población civil palestina es un castigo
colectivo.
“A mí el herbicida israelí me ha dejado
sin cultivos. No se salvó nada. A pesar de todo, doy gracias a Dios",
dice el anciano. "En la guerra de 2014, los israelíes vertieron toda su
rabia aquí. Había un túnel de la resistencia palestina debajo. Después
de destruir nuestros árboles frutales, nadie vino aquí, ni Hamas ni
Fatah, ni siquiera el alcalde. Pero aquí seguiré. De aquí sólo me
marcharé para ser enterrado en el cementerio”.
Otra
de las consecuencias que provocó el avión agrícola israelí cargado de
herbicida fue el corte de una de las líneas de electricidad con la que
Israel está obligada a proporcionar suministro eléctrico a la Franja de
Gaza, según los acuerdos internacionales. “Yo lo vi. Vi cómo la avioneta
se ponía de lado", relata otro de los campesinos, Msalam Abu Mandil.
"Rompió el cable de electricidad y lo hizo a propósito”.
Msalam asegura que en sus campos sólo se puede plantar trigo o cebada,
ahora secos debido al herbicida israelí, ya que en 2014 las tropas
israelíes destruyeron los pozos de agua y no tiene con qué costearse una
nueva infraestructura de regadío.
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