jueves, 1 de junio de 2017

Precariedad y política, de A. Rionegro / P. González de Molina

Mi buen amigo Abraham y mi hermano Pedro han publicado un interesantísimo artículo sobre la relación entre la precariedad y la política. Un asunto central para entender los problemas de desafección política de las clases más bajas. ¡Lectura imprescindible!
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A. Rionegro / P. González de Molina - 01/03/2017 http://fuegoamigo.es/columna/precariedad-politica/

El trabajo, nada menos que el trabajo, continúa en nuestros días un proceso de radical transformación que comenzó con los signos de agotamiento de la sociedad fordista allá por la década setenta del siglo pasado. El modelo de producción industrial, llevado a su máxima expresión durante este periodo de expansión y creciente mecanización de la producción, sufrió en esta década las consecuencias de una crisis de sobreproducción mundial en la que los inicios de la globalización económica y la emergencia de nuevos actores económicos en el plano internacional, entre otros factores, comenzaban a cuestionar la tradicional hegemonía productiva de Occidente. En este sentido, la revolución de las telecomunicaciones consiguió acelerar sustancialmente un proceso de apertura económica global que empezó a fraguarse con anterioridad pero cuyo alcance iba a hacer necesaria una nueva estructuración mundial de la producción en el que la deslocalización, la emergencia de los servicios y la financiarización de la economía, han transformado profundamente la estructura productiva y el papel del trabajo en nuestras sociedades. Muchos son los análisis que han puesto sobre la mesa el alcance de dichas transformaciones en diversas dimensiones de nuestra vida social pero consideramos necesario trasladar los interrogantes hacia un plano puramente político con el fin de intentar dilucidar algunas claves sobre los efectos políticos de la precariedad laboral en la vida de los trabajadores y trabajadoras.
Pero, ¿qué sentido tiene pensar la política desde la esfera del trabajo? Al menos son dos los frentes que puede resolver esta pregunta. En primer lugar, con la emergencia de la sociedad capitalista y el conflicto en torno a los medios de producción, la transformación de la estructura social generó un nuevo modelo de representación en el que el fenómeno del trabajo se convirtió en el canalizador político de las mayorías sociales desposeídas. El nacimiento de los partidos de clase supuso, en este sentido, el establecimiento del conflicto de clase -representado en el eje izquierda/derecha- como el componente principal en la articulación del relato social y político en las sociedades capitalistas. En otras palabras, el trabajo era capaz de politizar a los trabajadores en la defensa de sus intereses comunes. Al mismo tiempo, como consecuencia de ello, las conquistas democráticas de la clase trabajadora consiguieron fortalecer el vínculo entre trabajo y ciudadanía en la búsqueda de una mayor democratización y justicia social. El trabajo, históricamente vinculado a la esclavitud y la servidumbre, se convirtió en la época dorada del pleno empleo en una cuestión de ciudadanía y derechos sociales central en el proyecto socialdemócrata del Estado de Bienestar que parecía ser capaz de mejorar la calidad de vida de las clases trabajadoras.  
Situado en su contexto, los interrogantes emergen desde el momento en que la sociedad salarial entra en crisis y la nueva organización postfordista del trabajo da claras muestras de su metamorfosis -como diría André Gorz-  hacia un paradigma que transforma profundamente el vínculo entre trabajo y política. No obstante, es conveniente hacer una serie de apuntes previos acerca de la transformación en la experiencia actual de los trabajadores como horizonte desde el que proyectar reflexiones hacia las características de la articulación del espacio público y los posibles efectos de la precariedad laboral. De este modo, el paradigma de la flexibilidad laboral escenifica de qué modo ha cambiado la experiencia de los trabajadores con su trabajo desde el último tercio del siglo pasado. Lejos de largas carreras profesionales vinculado a un determinado oficio en el que los trabajadores gozaban de oportunidades y estabilidad económica y personal, la experiencia actual se caracteriza, como diría Richard Sennet, por una “deriva constante” en la que los trabajadores y trabajadoras son sometidos a un intento por adaptar su propia vida a la flexibilidad del mercado de trabajo. El cortoplacismo y la incertidumbre hacia el futuro determinan una experiencia en la que a los y las trabajadoras se le exige más y más al tiempo que se precariza fuertemente su existencia, sus relaciones sociales y su propia construcción personal.  
En este sentido, esta vida precaria -como diría Judith Butler para referirse a la carencia de soportes sociales y económicos que padecen determinadas poblaciones- está adoptando expresiones concretas que reflejan las dificultades a las que se enfrentan los trabajadores y trabajadoras en su día a día y en su desarrollo personal. Con la precarización del trabajo no sólo se está generando un fuerte descenso de los ingresos de las clases trabajadoras sino que, al mismo tiempo, se está produciendo una instrumentalización del trabajo que desvincula al trabajador respecto de una actividad que tan sólo realiza por supervivencia pero de la que difícilmente extrae aspectos que fortalezcan su propia identificación personal y colectiva. La falta de identificación de los trabajadores precarios con su trabajo es un aspecto para entender de qué modo la corrosión del carácter, de nuevo citando a Sennet, es una de las consecuencias personales más asentadas en la experiencia contemporánea con el trabajo. La pérdida de la referencia de clase es tan sólo una de las aristas de un proceso que deja a los trabajadores en una situación de clara vulnerabilidad.
Pero, no obstante, esta doble circunstancia escenifica la crisis de la sociedad salarial en su mayor dimensión: la pérdida de la integralidad y la emergencia de posiciones sociales marginales en nuestras sociedades. Robert Castel utiliza el concepto de desafiliación para expresar de qué modo la ausencia de posiciones con utilidad social y reconocimiento público -tradicionalmente vinculadas al trabajo- así como la fragilidad de las relaciones sociales están generando serias dificultades en el proceso de construcción biográfica y personal de unos trabajadores que quedan instalados en un individualismo negativo que se expresa en términos de falta -falta de consideración, falta de seguridad, falta de bienes seguros y vínculos sociales estables. Desde este escenario, la apatía, la falta de compromiso y la desconfianza personal y colectiva de los trabajadores es el resultado de la desestructuración personal que sufren por causa de la precariedad laboral y las nuevas formas flexibles de trabajo. Frente a ello, la ética neoliberal del trabajo mira recelo a quienes sufren con mayor virulencia los efectos de la precariedad laboral impregnando en la opinión pública un relato que marginaliza y culpabiliza la pobreza -desde los chavs de Owen Jones hasta la manida cultura del subsidio- de gran relevancia para entender el tratamiento político de la precariedad laboral.
Sin embargo ¿qué efectos ha tenido en el plano de la representación política y en la ciudadanía-laboral? Comenzando por éste último, nos encontramos ante una profunda crisis de ciudadanía como consecuencia de las transformaciones post-fordistas del trabajo que podemos entender desde dos dimensiones: la pérdida de los derechos vinculados a la ciudadanía-laboral de los trabajadores y la derrota del zoon politikon en favor de un nuevo sujeto precarizado y sumido en las lógicas del neoliberalismo que emerge como consecuencia de la precariedad de su propia vida. En este sentido, las distintas reformas laborales impulsadas bajo la dirección neoliberal han situado a los derechos sociales de los trabajadores en el epicentro de su desarticulación del Estado de Bienestar generando una fuerte y progresiva devaluación de la normativa que regula el mercado de trabajo desde los años 80.
La consecuencia de ello es de sobra conocida; que hoy el trabajo sea compatible con la pobreza, que se pueda trabajar sin protección contractual o sindical es representativo de en qué medida la ciudadanía-laboral se encuentra en una crisis de gran profundidad y con serias implicaciones en términos democráticos. La crisis de la ciudadanía-laboral es producto de la extendida precariedad, del aumento de la exclusión social y la pobreza, del proceso de deslocalización y terciarización de la economía. Una parte importante de los ciudadanos en situación de exclusión social han perdido de iure sus derechos de ciudadanía. Las garantías de un Estado social capaz de responder ante la desigualdad y la vulnerabilidad y promover las condiciones para el ejercicio de la ciudadanía política han dado paso a una reducción del corpus electoral en el que focalizan los partidos políticos lejos de las necesidades de los más vulnerables, y a la postre, siendo menos beneficiados por las propias políticas públicas al no ser un granero de votos.
Por otro lado, el proceso de individualización de los trabajadores es también de distanciamiento de la ciudadanía de la esfera pública, demostración de la victoria neoliberal sobre el zoon politikon, donde lo social y lo político ha caído en un descrédito producto de varios factores;  la pérdida de poder de los Estados-nación a favor de instituciones no democráticas transnacionales (como el FMI, la UE, etc.), la perversión del proceso legislativo fruto de la acción de los lobbys de las multinacionales, las políticas económicas hegemónicas que producen el desmonte del Estado social anterior y aumentan la desigualdad, los procesos de corrupción derivados del modelo neoliberal, etc. Junto a ello, la falta de compromiso personal y colectivo de los trabajadores es un factor clave para entender una despolitización también motivada por este sentimiento de distanciamiento de las instituciones ante sus propios problemas y la incapacidad de la política para transformar la realidad en favor de las mayorías sociales que refuerza su ruptura con lo social y su individualización en clave neoliberal.
En este sentido, tras el comienzo de la década de los 90 hemos podido comprobar los cambios producidos en la sociedad tras el fracaso de las dos experiencias capitaneadas por la izquierda. Por un lado, el sistema soviético colapsó entre la caída del muro de Berlín y el fin de la URSS, acabando con el modelo alternativo del “socialismo realmente existente”, que dejó a los Partidos Comunistas, y a gran parte del electorado que los sostenía, sin brújula o sin un modelo al que referenciarse, aunque fuese de forma crítica. La propia China dio un giro hacia una apertura al capitalismo con Deng Xiaoping, que desnaturalizó el proyecto emprendido por Mao. El capitalismo más feroz se apoderó de la mayor parte del bloque soviético a través de las doctrinas del Shock, y una parte importante de las antiguas élites dirigentes comunistas se transformaron en los nuevos dueños de grandes empresas privatizadas o se pasaron a las filas de los nuevos partidos democráticos. Por el otro lado, con la crisis del modelo fordista fracasó la vía democrática al socialismo en los países occidentales, aunque muchos de estos partidos hubiesen abandonado el objetivo final de alcanzar el socialismo. Con esta crisis los antiguos partidos socialistas de masas fueron deslizándose a la derecha y siendo cooptados por las nuevas corrientes neoliberales que fueron triunfando en estas décadas. Los proyectos colectivos del siglo XX murieron dejando un gran vacío.
Los cambios que se produjeron en la sociedad y en la economía afectaron a los partidos y la política. Los poderosos partidos de masas, con sus asociaciones, centenares de miles de afiliados, sindicatos, una ideología fuerte, etc., que pretendían construir una sociedad nueva en el interior de la vieja, fueron desplazados por los nuevos partidos cártel, obsesionados por las elecciones y la ocupación de cargos y puestos de las instituciones, con escasa vida social, poca militancia, con escasa raigambre en la sociedad, sin apenas asociaciones, y con una ideología más difusa. Los partidos basados en el mundo del trabajo sufrieron al ser desmontadas gran parte de las industrias y trasladadas al 3ª Mundo, ya que fueron perdiendo la columna vertebral de sus organizaciones (los obreros). Al desaparecer la sociedad de productores, siendo sustituida por la de consumidores, donde aparece una clase marginada y excluida, que es considerada como un “problema social”, y responsables de su propia situación, junto a la sustitución de la responsabilidad colectiva típica de la anterior sociedad por la responsabilidad individual de la nueva, acabaron por enterrar la solidaridad y empatía necesaria para que un partido que se basa en la lucha contra la desigualdad y las causas de la pobreza se sustente. Al ser los pobres despojados de cualquier función útil, ni como ejército industrial de reserva, han sido perseguidos por ser preceptores de ayudas sociales, como “vagos”, “maleantes”, etc., provocando una estigmatización de la pobreza que, añadido a la aparición del fenómeno de la exclusión social, ha tenido un impacto significativo en las políticas sociales y laborales cada día más restrictivas y en un aumento importante de la abstención de los grupos menos favorecidos de la sociedad, sobrerrepresentando al bloque electoral dominante y sus intereses.
Por consiguiente estos hechos acaban afectando a las fuerzas políticas y a la participación de diversas maneras, como: la falta de compromiso político, la búsqueda de empleo en política (agencia de colocación) con lo que ello supone, la escasa participación del precariado que redunda en favor de los sectores de la sociedad que todavía viven en el mundo fordista (como los funcionarios) o en las profesiones liberales, por consiguiente la uniformización de las estructuras partidarias y la tendencia a la defensa de los intereses de la “clase media” a la que pertenecen muchos de los cargos orgánicos e institucionales. Otra tendencia que afecta de forma colateral es la ruptura, a partir de la época de la aparición y extensión de la informática y de internet, del hilo que unía a las luchas del pasado con las del presente, cayéndose en una especie de hambre por la novedad, aunque la novedad no sea más que un aspecto de algo viejo en un continente nuevo. Los llamamientos a la “nueva política”, y otros eslóganes, parecen más bien un intento de separarse de todo lo anterior que de construir una versión nueva de la participación política que pueda revertir la tendencia de la política actual a la “sociedad de audiencia”.
Podríamos añadir la falta de una política coherente de actuación en los colectivos más precarios, en los sectores más pobres y en los excluidos en la sociedad, que son los que más necesitan protección tanto por parte de los sindicatos como de los partidos políticos de izquierdas, tanto en su actuación social, como institucional y programática, más allá de los eslóganes de “combatir la precariedad laboral”. Por consiguiente, las nuevas fuerzas políticas que aspiran a representar al campo popular deberían de atender al fenómeno de la precariedad, y actuar sobre él desde el plano institucional, como intentar incluir a dichos grupos dentro de las organizaciones políticas y sindicales, logrando romper la lógica de la individualización y atomización característica de esta época. Sin incluir a los sectores excluidos y precarios de la sociedad ésta no se podrá transformar.
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OTRA COSA:  Las mujeres del FRAP, de Maité Campillo 

2 comentarios:

Beatriz Bravo Escudero dijo...

Perro-flauta: Aprecio mucha beligerancia en tus opiniones. Me gustaría saber por qué si no te resulta demasiado pesado. Un saludo.

Caminante dijo...

Verás que publico textos de otros, salvo excepciones (una en 6 años)
Y no ncorporo mis opiniones, dejo que sean los autores los que se muestren.
Con unos estoy más conforme que con otros; ahí está la diversidad

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