sábado, 10 de junio de 2023

CTXT.ES - Veinte años de guerra imbécil: la caprichosa destrucción de Irak

 Naief Yehya 9/04/2023

La invasión fue una venganza personal de Bush Jr., que contó con la complacencia de un grupo de extremistas beligerantes que querían transformar el mundo de acuerdo con sus perversas fantasías ideológicas

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Veinte años de guerra imbécil: la caprichosa destrucción de Irak
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Han pasado veinte años desde el 20 de marzo de 2003, fecha en que dio inicio la invasión estadounidense de Irak. Esta atroz aventura militar puso en evidencia el poderío del aparato militar estadounidense para ganar una guerra, así como la incapacidad, arrogancia e improvisación de la Casa Blanca y el Pentágono para proteger a la población, restablecer servicios, reactivar la economía o establecer un sistema democrático bajo su ocupación. El avance terrestre inicial de las fuerzas estadounidenses y su coalición fue devastador. El ejército Irakuí colapsó sin casi oponer resistencia. El desgaste de la guerra contra Irán (1980-1988), años de sanciones occidentales por la invasión a Kuwait (1990), la corrupción y la gran desilusión popular con las instituciones fueron los causantes de que la defensa del país fuera tan endeble. Las fuerzas de ocupación disolvieron lo que quedaba del ejército y el partido Baaz, dos instituciones que, a pesar de su autoritarismo y grandes problemas en todos los rubros, daban coherencia a la vida social y no fueron reemplazados con nada medianamente operativo. El país quedó devastado y los torpes e inconsistentes esfuerzos para su reconstrucción fueron una oportunidad de oro para los mercaderes y especuladores de la guerra para enriquecerse. Casi nadie habla de los 600.000 millones de dólares del tesoro nacional Irakuí que simplemente desaparecieron en los años de la ocupación.

La guerra de Bush Jr. primero fue justificada como un castigo a Sadam Hussein por haber estado involucrado en los ataques del 11 de septiembre de 2001 (lo cual era mentira), después fue explicado por la necesidad de eliminar el arsenal de armas de destrucción masiva del régimen de Bagdad (que tampoco existían), y finalmente fue presentada como una oportunidad para democratizar Irak (una misión que ha sido un desastre). Lo que sucedió fue que la guerra desató un cataclismo planetario que desequilibró el Medio Oriente y tuvo consecuencias en todo el planeta. Este era el sueño húmedo de un grupo de ideólogos del grupo Project for a New American Century (PNAC) que llegaron al poder con Bush y que no tenían otra obsesión que reconfigurar el orden geopolítico mundial en la era post Unión Soviética. El PNAC ya había revelado en el año 2000 que eliminar a Hussein requeriría de algún evento catastrófico y catalizador como “un nuevo Pearl Harbor”. Meses antes de los ataques del 11 de septiembre, el secretario de Defensa del presidente George Bush, Jr., Donald Rumsfeld, escribió un memorándum sugiriendo la necesidad de una política más agresiva en contra de Sadam Hussein para llevar a cabo un cambio de régimen en Irak y poner a Estados Unidos en una posición más ventajosa en la región. No es un secreto que no había pasado ni una semana de la destrucción del World Trade Center en Manhattan y del ataque contra el Pentágono en 2001 cuando Bush Jr. pidió que se relacionara a Hussein con Osama bin Laden y comenzaran las preparaciones para lanzar una guerra contra Irak. El presidente deseaba terminar lo que su padre no logró en su Guerra del Golfo: eliminar a Hussein y tomar Bagdad. El único problema que tenían Bush y su grupo de neocones era que tenían que convencer a una nación que no veía la necesidad de una nueva guerra. Para eso lanzaron una abrumadora campaña de propaganda bélica y desinformación en la que contaban con la complicidad de los principales periódicos y medios electrónicos. En varias ocasiones, el propio grupo cercano a Bush filtraba información falsa (a menudo con ayuda de exiliados Irakuíes) a los medios, especialmente a The New York Times y The Washington Post, y después miembros del gabinete aparecían en los programas políticos de la televisión a comentar lo que “habían leído”. Los casos más flagrantes fueron cuando el vicepresidente Dick Cheney y la secretaria de Estado Condoleezza Rice repitieron las “revelaciones” que su propio personal había suministrado y habían sido publicadas por Judith Miller y Michael Gordon. De esta forma crearon un auténtico círculo vicioso.

(...) Esta fue probablemente la campaña propagandística más ambiciosa de la historia reciente y llama la atención que se llevó a cabo antes de la popularización de esos medios de desinformación masivos que pueden ser las redes sociales. El gobierno logró controlar el discurso y marginar prácticamente todas las opiniones disidentes. En los diferentes medios, especialmente televisivos, suspendieron o despidieron a quienes no seguían la línea probélica y censuraron a cualquiera que tuviera el menor cuestionamiento de la línea oficial. Una vez que se inició la invasión, los medios mantuvieron su actitud beligerante y su apoyo al gobierno. Mientras, en Irak la prensa era controlada con su sistema de prensa integrada (embedded press) que venía perfeccionándose desde la primera Guerra del Golfo Pérsico (con un antecedente en la guerra de las Malvinas) y que consistía en enseñarles a los reporteros sólo lo que sirviera a la narrativa oficial. Las autoridades invasoras montaron un gobierno en el que estaban representados proporcionalmente los principales grupos étnicos y religiosos: chiítas (a quienes correspondía el puesto de primer ministro), sunitas (quienes aportaban el portavoz de la cámara) y kurdos (a los que les tocó asignar el papel ceremonial del presidente). Esto, que parecía un avance hacia la igualdad y la justicia, en realidad provocó más sectarismo y divisiones que se han acentuado en las últimas décadas. En cambio, la inoperancia, corrupción y represión son abundantes (...)

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