domingo, 23 de junio de 2024

Negocio antes que deporte: las sentencias del caso Superliga desnudan el monopolio millonario del fútbol europeo, de Alberto Pozas

 Alberto Pozas   1 de junio de 2024 


Un juzgado de la Gran Vía de Madrid ha cambiado las reglas del juego en la guerra del fútbol europeo. Siguiendo los pasos de los tribunales europeos, la Justicia española ha dejado por escrito que UEFA y FIFA actúan como un monopolio a la hora de hacer y deshacer en un deporte que mueve miles de millones de euros al año. También ha prohibido a ambos organismos que usen su poder para impedir la Superliga que impulsan una docena de los clubes más grandes del continente. Y ha dejado claro que el fútbol es un deporte, pero que por encima de todo y a efectos legales es un negocio. “Se omite cualquier regulación como organismo ordenador del negocio del fútbol”, critica la sentencia.

El anuncio de la creación de una “Superliga” llegó en abril de 2021. Se trata de un proyecto capitaneado por Florentino Pérez y el Real Madrid y avalado por una docena de los equipos más poderosos de Europa para rivalizar directamente con la Champions League, la gran competición anual del fútbol. El objetivo, explicó el propio presidente del grupo ACS, era revitalizar la competición y generar más ingresos. “Entendimos que si en lugar de entre semana hacer la Champions League, hacíamos una Superliga de los grandes clubes, podríamos paliar las pérdidas que hemos tenido”, afirmó.

Negocio contra negocio. El anuncio terminó rápidamente en los tribunales cuando los promotores de la Superliga denunciaron que UEFA y FIFA estaban usando su poder y su monopolio del fútbol para impedir la competición. Con miles de millones en juego, la FIFA llegó a emitir un comunicado diciendo que cualquier equipo o jugador que participase en la Superliga no podría participar en la Champions. “No se le permitiría participar en ninguna competición organizada por la FIFA ni por su confederación correspondiente”.

La batalla legal se desarrolló en dos frentes y en los dos, por el momento, ha salido victoriosa la Superliga, cuyo desarrollo se encuentra en un punto indeterminado. Por un lado, en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE). Por otro lado, en el juzgado de lo mercantil 17 de Madrid. El resultado es que, de ahora en adelante, los dos organismos que controlan el fútbol europeo no pueden coaccionar a los clubes para que no jueguen en esa competición.

Las dos resoluciones dejan por escrito lo que puede adivinarse con un simple vistazo a la maquinaria del fútbol europeo: es un monopolio y las reglas del juego son tan vagas e imprecisas que cierran la puerta de forma automática a cualquier tipo de competencia. Y a través de criterios deportivos como “mérito y solidaridad” cierra también la puerta a cualquier tipo de control efectivo, incluso por parte de los tribunales.

El TJUE fue el primero en pronunciarse en diciembre del año pasado. “Las normas de FIFA y UEFA son ilegales. No están sujetas a ningún criterio que garantice su carácter transparente, objetivo, no discriminatorio y proporcionado”, dijo el tribunal. También apuntó a otra de las grandes porciones del pastel: la explotación comercial de los derechos derivados de estas competiciones. “Pueden restringir la competencia, habida cuenta de la importancia que estas últimas tienen para los medios de comunicación, los consumidores y los telespectadores”.

Telefónica paga unos 960 millones de euros al año por retransmitir la Champions y la Europa League. Hace un año, el director de competiciones de la UEFA, Giorgio Marchetti, calculó que los ingresos televisivos de la competición oscilarían entre los 4.600 y los 4.800 millones de euros.

“¿En qué consiste el mérito deportivo?”

En Madrid, la magistrada Sofía Gil dejó claro desde las primeras páginas de su sentencia que tenía que ceñirse, al menos en lo básico, al pronunciamiento del TJUE. También empezó por constatar que UEFA y FIFA ostentan una “posición de dominio” en el mercado del fútbol: solo ellas organizan eventos sin competir entre ellas. “Ostentan una posición monopolística en el mercado relevante”.

La resolución analiza desde el prisma jurídico una realidad a la vista de todo el mundo: FIFA y UEFA organizan, controlan y autorizan cualquier movimiento en el fútbol a gran escala. Pero sus normas internas no previenen que puedan abusar de esa posición.

“La ausencia de procedimiento es grave. Pero de mayor gravedad supone la ausencia de cualquier criterio material y objetivo que regule o establezca las condiciones necesarias que deben valorarse por el órgano autorizante”, dice la magistrada. No hay manera de valorar de forma más o menos objetiva con qué criterio actúan.

Eso impide “enjuiciar” sus acciones porque el negocio milmillonario del fútbol europeo se regula con criterios como “mérito” y “solidaridad”, que como explica la magistrada, son “indeterminados y subjetivos”. Y se hace varias preguntas: “¿En qué consiste el mérito deportivo? ¿y la solidaridad? ¿cómo se valoran? ¿Tiene un mayor mérito deportivo el equipo que obtiene un mejor puesto en una clasificación? ¿al margen de su condición económica? ¿es más solidaria la competición que reparte un mayor porcentaje de sus ingresos?”.

Esos criterios deportivos, explica, no se pueden usar para regular un negocio de ese calibre. “La regulación de la UEFA se basa exclusivamente en su consideración de organismo ordenador del fútbol como deporte; se omite cualquier regulación como organismo ordenador del negocio del fútbol. Lo que evidencia y agrava la insuficiencia –ausencia– de regulación”, explica la jueza.

Uno de los negocios deportivos más lucrativos y voluminosos del mundo, que en el caso de la Champions supone el espectáculo más visto del mundo, no está prácticamente regulado. Y eso lleva a la segunda parte del problema: no hay forma de controlarlo. “Las decisiones de la UEFA no están sujetas a una revisión judicial objetiva e independiente”. “Desde un punto de vista económico y jurídico, las decisiones de la UEFA estarían blindadas, no son recurribles” (...)

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OTRA COSA:  CTXT. Carta a la comunidad 360 | Álex Blasco

Enric Tello: “Crecer a toda costa nos lleva al peor decrecimiento” Pere Rusiñol

 Pere Rusiñol   31 de mayo de 2024


La serie de videoentrevistas Economía fuera del carril, coproducida por Alternativas económicas y elDiario.es con el apoyo del programa de Proyectos Singulares de la Generalitat de Catalunya, aborda en esta nueva entrega la economía ecológica de la mano de Enric Tello, uno de los referentes de esta tradición en España. Catedrático del Departamento de Historia Económica, Instituciones, Política y Economía Mundial de la Universidad de Barcelona, se jubila a finales de este curso académico tras haber consolidado un prestigioso núcleo de economía ecológica en la Facultad de Economía y Empresa de esta universidad, de referencia internacional.

Discípulo de Joan Martínez Alier, uno de los fundadores de la disciplina en España, Tello procede de la tradición del marxismo heterodoxo articulada alrededor de la revista Mientras Tanto, fundada en 1979 por los filósofos Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi, que sigue editándose en versión digital. Lo que sigue es una versión editada de la conversación.

¿Qué es la economía ecológica?

Una disciplina científica que podríamos llamar híbrida porque traspasa fronteras y combina las enseñanzas de dos áreas: la ecología y la economía. El puente entre ambas nos permite responder a los problemas contemporáneos de la insostenibilidad a la que nos ha conducido la economía convencional.

¿Economía ecológica o ecologista?

El ecologismo se refiere al movimiento de denuncia y de transformación, mientras que la ecología es una disciplina científica. Hay relaciones entre ambas, claro, pero es importante distinguirlas para que quede claro que la economía ecológica es una disciplina científica.

¿Y en qué se distingue de las corrientes de la economía convencional que también se preocupan del medio ambiente?

En la corriente neoclásica, la economía ambiental viene a ser un intento de abrirse y considerar los problemas ambientales. El problema es que este enfoque, con el que la economía ecológica mantiene una discusión científica, intenta llevar al terreno del mercado y de la cuantificación coste-beneficio, en términos puramente monetarios, lo que ellos llaman externalidades. Es decir, consideran que la interacción entre el funcionamiento de la economía y el medio ambiente es una externalidad, lo que ya indica con claridad que para ellos es algo que está fuera.

¿Fuera de la economía?

Que la economía está fuera de la naturaleza y de la sociedad. Como si estuviera en un vacío mercantil, en una especie de campana de cristal, donde se ha extraído el aire de todo lo que tiene vida y solo quedan esos elementos abstractos de supuestos agentes que interactúan en un mercado perfecto para asignar los recursos de forma óptima de acuerdo con unos precios que surgen por oferta y demanda. Este es el universo mental de la economía convencional. Pero a estas alturas tienen que reconocer que fuera hay algo: las externalidades. Y entonces intentan internalizarlas contándolas en dinero, pero al estar fuera del mercado incurren en procedimientos discutibles.

¿Y cuál es el planteamiento alternativo de la economía ecológica?

Hace la operación conceptual contraria: empieza por subrayar que la economía funciona dentro de la sociedad, y ambas dentro de la naturaleza porque es el sostén que nos da vida, con sus materiales, energía… Sin esto, no existe ni sociedad ni economía. No es concebible, pues, que la economía deteriore la naturaleza: nos lleva a un camino insostenible. El Instituto de Resiliencia de Estocolmo ha mostrado que el crecimiento económico y la lógica del beneficio, que es el objetivo de la economía estándar, han provocado que se hayan superado ya nueve límites planetarios. El crecimiento infinito en una biosfera finita es una quimera y nos lo dicen los científicos. No es que hayamos superado solo los límites del clima, sino hasta nueve límites planetarios.

O sea: nuestros problemas van mucho más allá del cambio climático.

Evidentemente, y son anteriores. El deterioro de la biodiversidad de la que dependemos es enorme en servicios ecosistémicos clave, desde la polinización, sin la cual las plantas no pueden crecer, o la disrupción de los ciclos biogeoquímicos de los macronutrientes de los que se alimentan plantas y animales.

Estos límites son científicos. ¿Por qué no lo asume la economía convencional?

Aún piensa que el crecimiento económico puede seguir adelante. Reconoce que tenemos un problema con el cambio climático, pero que se resuelve pasando de combustibles fósiles a renovables. Como si cambiáramos la rueda del coche que se ha pinchado. Le ponemos la de recambio de las renovables y listo.

¿Y esto por qué esto no es posible?

No es suficiente. Claro que hay que hacer la transición a las renovables, pero no es suficiente. No salen los números.

¿Tampoco con la tecnología?

La innovación tecnológica es importantísima, pero los economistas convencionales, que viven en esa burbuja, dan por supuesto que siempre encontraremos una solución tecnológica. En realidad, en sus modelos es una externalidad, algo que cae del cielo. Lo dan por supuesto, pero no lo demuestran. Nosotros también trabajamos con las contabilidades convencionales, en dinero, pero relacionándolas con las biofísicas. En nuestros modelos se calcula en términos físicos, energéticos, biológicos, territoriales y, luego, se conecta con los flujos de dinero. Vemos cómo unos arrastran a los otros y ahí nos damos cuenta de que no es tan fácil eso de que ya se inventará algo. Desde luego, no podemos darlo por sentado y menos con tan poco tiempo: ¡ya hemos traspasado los límites planetarios!

¿En qué tipo de indicadores deberíamos fijarnos para saber si la economía va bien o mal respetando los límites?

Los indicadores son una de las grandes diferencias entre la economía convencional y la ecológica, que propone una visión alternativa de lo que es una buena economía y, por tanto, necesita otro tipo de indicadores, como las huellas ecológica, hídrica, de carbono, etc. Y como la clave está en los límites, está ganando interés el enfoque que llamamos donut, o rosquilla, una idea de la economista de la Universidad de Oxford Kate Raworth, que tiene en cuenta estos límites planetarios con una plasmación muy visual.

¿En qué consiste?

Hay dos círculos, uno hacia afuera con límites planetarios, y otro dentro, con indicadores sociales, de ahí la imagen de donut o rosquilla. Cuando vamos bien —no se superan los límites—, la sección se pinta de verde, mientras que si vamos mal, de rojo. Sería como concebir una casa con un suelo en el que todo el mundo tiene que estar y un techo que nadie tiene que traspasar: el espacio seguro y justo para que todo el mundo pueda vivir una vida digna sin superar límites planetarios. Esta foto, o espejo, permite ver cómo vamos y, a partir de ahí, ver qué podemos hacer para decrecer en impactos biofísicos y a la vez mejorar la calidad de vida de todos.

¿Existe algún país que tenga en verde ambas esferas?

Ninguno. Lo que suele observarse es una curva en la que los países que no superan los límites planetarios tienen un fundamento social inaceptable, y al revés. Y lo que es peor: en los últimos 30 años, muchos países estamos aumentando los impactos y la superación de límites planetarios sin mejora de los fundamentos sociales y, a veces, incluso empeorándolos por el aumento de la desigualdad. Con estos indicadores se observa que la solución no es el crecimiento económico.

¿El problema es el capitalismo?

Evidentemente. Necesitamos un cambio sistémico que pueda afrontar las enormes injusticias sociales y ambientales globales, con cambios de las formas de producir, consumir y habitar el planeta. Este cambio puede recibir diversos nombres, pero está claro es que el capitalismo no es la solución, sino el problema.

¿La vía para ello que propone la economía ecológica es el decrecimiento? Mucha gente asocia decrecer con empeorar: es difícil que esta bandera concite apoyos mayoritarios.

Lo importante es aclarar de qué estamos hablando. Si resulta que estamos superando determinados límites planetarios, pues habrá que decrecer estos impactos. Y existe una extraordinaria correlación estadística entre el crecimiento del PIB y todos estos impactos.

Pero entonces, más que enredarnos en debates sobre crecer o decrecer, ¿no habría que romper la vinculación entre economía y PIB como indicador central?

¡Sin duda! La economía ecológica hace años que discute la hegemonía del PIB y muchos economistas de la corriente principal asumen que es un mal indicador. Lo que hacemos nosotros es abrir la caja del PIB y buscar qué hay dentro.

¿Y en qué se fijan dentro de la caja?

Ahí están las tablas input-output, que permiten descomponer por sectores y fijarse en los flujos, que van desde la extracción de materiales hasta el consumo final de cada país o región, analizar las exportaciones e importaciones, y las las relaciones entre sectores. Por ejemplo, la agricultura produce, luego la industria alimentaria transforma y lo que no comemos deviene en residuo, que hay que seguir para ver si vuelve a la tierra o si contamina. Esta tabla se puede descomponer con los flujos de dinero de valor añadido y, por tanto, mirar quién se lo queda y entender por qué el crecimiento degrada el medio ambiente sin mejorar la vida de la gente. Las tablas se van enlazando: de los flujos de energía a las emisiones, los consumos de agua, la contaminación, la ocupación de suelo... y así sucesivamente.

¿Adónde nos lleva esta secuencia?

Nos permite establecer modelos y sistemas de cálculo, y con ello previsiones más razonables que en los modelos estándar, que solo cuentan dinero. Es cuando abrimos la caja del motor y vemos cómo funciona cuando nos damos cuenta de la necesidad de cambio sistémico. Y ahí habrá sectores que tienen que crecer mucho, como la agricultura ecológica. El PIB cuenta tanto los bienes como los males, lo cual es absurdo. No hay que quedarse atrapado ahí.

¿La economía convencional no está interesada en entrar dentro de la caja?

Veámoslo con el cambio climático. Tenemos un modelo, Medeas, que se ha hecho con un programa europeo que permite prever los impactos de la transición energética de forma interconectada. Y ahí vemos que las renovables aumentan mucho el consumo de materiales como el litio y otros, que son muy limitados y, además, exigen mucho consumo energético para extraerlos, procesarlos y con ellos hacer placas solares y coches eléctricos. Si hacemos los cálculos con este modelo, vemos que el crecimiento verde impulsado con políticas keynesianas que movilicen inversiones puede impulsar el PIB, pero choca con los límites biofísicos. Resultado: no cumplimos con el Acuerdo de París y el calentamiento global supera de mucho los dos grados.

La economía ecológica parece siempre portadora de pésimas noticias… ¿Hay alguna esperanza?

El propio modelo nos dice que hay una vía de salida: un decrecimiento suave a nivel global, pero bien planeado, con un cambio estructural e integrando todas las piezas, como la alimentación, con la agroecología, que enfría y regenera la tierra, cambios en la dieta, con menos consumo de carne, lo cual es, asimismo, bueno para la salud… Entonces, si cambias el sistema agroalimentario y si otros sectores industriales avanzan hacia modelos de ecología industrial circular, sí que salen los números. Es cierto que, además del llamado crecimiento verde y del cambio sistémico, hay un tercer escenario: no hacer nada. Pero esto sí que sería la peor noticia: el desastre. Los negacionistas climáticos, los que quieren crecer a toda costa, sí que nos llevan al peor decrecimiento.

La agroecología es clave para evitar el desastre climático

¿Por qué en hay tanta oposición en el campo a la transición verde?

En todos lados se dan pulsiones contradictorias: se quiere el crecimiento y que sea verde; el problema es que hay que elegir. En el caso de los agricultores, cuando analizamos las cadenas de producción y consumo, vemos que cada vez es más asimétrica: hay unas pocas grandes corporaciones vendiendo los inputs industriales, basados en combustibles fósiles —fertilizantes, pesticidas, tractores, etc.— cada vez más caros, y luego los grandes supermercados comprando cada vez más barato. Esto significa que de lo que paga el consumidor final, el valor añadido que les llega a los agricultores es cada vez más estrecho: ya no se ganan la vida y nos estamos quedando sin campesinos.

¿Pero con este esquema, por qué se dirige el malestar contra los ecologistas?

Ahí tiene mucho que ver el engranaje de la deuda: muchos tienen el patrimonio familiar comprometido con inversiones industriales y tratan de salir a flote como pueden. Es una rueda de la que es difícil salir. Pero si logras reconvertirte hacia la agricultura ecológica, rápidamente notas mejoras: te liberas de la dependencia de los inputs externos costosos, recuperas el control sobre qué hay que producir y conectas con canales de distribución más cortos, que buscan un consumidor más consciente que paga mejor, con lo que se recibe una parte mayor del valor añadido produciendo menos cantidad por unidad de suelo. Esto no es una teoría: es lo que dicen ya los estudios.

elDiario.es

sábado, 22 de junio de 2024

Nora, o cómo parchear el ascensor social roto con becas y pasar de la exclusión social a opositar a la judicatura, de Deva Mar Escobedo

 Deva Mar Escobedo   1 de junio de 2024

 

Lo más probable es que mientras lea este reportaje, Nora El Bouhni esté estudiando. La madrileña oposita para la judicatura y solo descansa un día a la semana. Su esfuerzo es innegable, pero también lo es que probablemente no estaría preparando la oposición si no hubiera sido por las fundaciones e individuos que han movido cielo y tierra para que esta chica en riesgo de exclusión social pueda estudiar. “Si no hubiera tenido la beca no me habría planteado la posibilidad de ir a la universidad”, cuenta la joven, que descarta de plano cualquier opción de que estuviera hoy aspirando a la judicatura sin la mezcla de becas públicas y privadas que han paliado su origen de pocos recursos económicos. Nora pertenece al escaso entre 16% y 21% de jóvenes cuyos progenitores no tienen estudios universitarios que se gradúa en una carrera.

Nora se crió en Tetuán, uno de los barrios con menor renta de Madrid, hija de padre marroquí y madre gitana. Él trabajaba de albañil, mientras que ella se encargaba de la casa y del cuidado de Nora y sus siete hermanas y hermanos. Las familias más pobres envían menos a sus hijos a la escuela infantil, la mitad que las más adineradas, y la estadística cumplió en el caso de Nora: se quedó en casa en esa etapa tan importante para el rendimiento académico futuro. Su grupo de amigas del barrio no le daba mucha importancia al estudio y sus padres “no pensaron que una hija suya podía [llegar a la universidad]”, dice ella rememorando sus primeros años.

Si nadie hubiera intervenido, Nora, como hija de progenitores sin estudios, habría tenido un 50% de posibilidades de quedarse solo con el graduado de la ESO. Entonces entró en escena Ana Fraile, entonces directora del colegio público Pío XII de Tetuán, y Kellanova, la empresa que repartía desayunos al alumnado del centro, Nora incluida. La chica confiesa que “siempre” estudiaba “sin mirar demasiado adelante” ni preocuparse “por lo que fuera a pasar en la siguiente etapa educativa”. Así que de esa previsión se encargaron la profesora y la compañía de cereales: Nora pasaba a ser su protégée y a entrar en un ‘circuito’ de becas públicas y privadas que le permitió llegar adonde la estadística dice que, probablemente, no habría alcanzado con sus recursos familiares.

—Si no hubieras tenido becas, ¿crees que habrías podido…?

—Ni de coña —corta Nora.

—¿Ni con algún tipo de alineación especial de los astros?

—Ni de broma —insiste.

Los primeros años

La calle Bravo Murillo atraviesa el distrito de Tetuán. Es ancha; cuenta con seis carriles para la circulación. La mayor distancia que separa ambos márgenes de Bravo Murillo, sin embargo, es de renta: los barrios del oeste —de elevada proporción de personas migrantes con rentas bajas— tienen entre 6.000 y 8.000 euros menos de renta media anual que los barrios del este —donde comienza una de las zonas más ricas de la ciudad—.

En esa parte occidental con menos recursos se sitúa el Pío XII, el colegio público al que asistió Nora. Entre otras cosas, las profesoras del centro le inculcaron la premisa del ascensor social, aunque es un ascensor averiado para la mayor parte de la población. Haberse criado entre el 20% más rico de España predice que, en el peor de los casos, se acabará entre el 60% más acomodado. Cuando dos adolescentes tienen el mismo nivel de competencias de matemáticas o de lengua, quien es de clase baja tiene cuatro veces más probabilidades de no pasar de curso que el de clase alta, según los resultados de PISA 2018 analizados por Save The Children.

La universidad

En el piso de la familia de Nora se apretaban diez personas: sus padres, sus hermanas y hermanos, y ella misma. No califica el ambiente como agobiante porque “te acostumbras a que duermes con tu hermana mayor y tu hermana pequeña”, pero sí tilda de “horrible para el estudio” un entorno con tanto trajín. Durante la ESO y el Bachillerato, que estudió en el concertado Padre Piquer con una beca del Ministerio de Educación, se iba “todo el día” a la biblioteca para estudiar. En esa época pensaba que, si iba a la universidad, forzosamente tenía que salir de la casa de sus padres para tener un espacio más amable para el estudio. De entrada, era una posibilidad remota: “Económicamente no podíamos y mi familia no valoraba tanto la importancia del estudio”, relata Nora.

No habría bastado con las facilidades de la administración —matrícula reducida por familia numerosa especial y beca del Ministerio de Educación— para poder estudiar fuera de casa. Es posible que la trayectoria académica de Nora hubiera acabado aquí, pero entró en juego Ana Fraile, su antigua maestra. La entonces directora del Pío XII, con quien seguía manteniendo el contacto, habló con Kellanova por si existía la posibilidad de becar la universidad de Nora. La respuesta fue afirmativa: la empresa creó la Beca de estudios Kellogg’s para becar a esta y otras adolescentes excepcionales. A esta dotación para que Nora pudiera salir de casa e ir a la universidad se sumó la fundación Dádoris, y entre todos consiguieron el montante suficiente para permitir que la adolescente se matriculara en la Universidad Autónoma de Madrid y se mudara cerca del campus.

Era la primera de su familia en la universidad, y el inicio del curso fue chocante. Nora dio tumbos entre varios grupos donde sentía que no encajaba, entre otras cosas por la distancia que suponía que “sus padres no tenían las dificultades que yo he experimentado”. Al principio, evitaba mencionar su origen: “Estas carreras no las suele estudiar gente como yo, marroquí y gitana”, cuenta. También notaba una brecha en el nivel de inglés, el buque insignia de la formación de la clase media. “Cuando vives en un barrio de clase obrera lo más importante para tus padres no son las clases de inglés”, reflexiona Nora. Ver el nivel de inglés de sus compañeras y compañeros de carrera no hacía sino acentuar que ella era extraña ahí y constatar que no había tenido “las mismas oportunidades que otras personas”. Lejos de amedrentarse, se lo tomó como una motivación para demostrar que una chica de barrio obrero también se podía graduar en Derecho.

Pero Nora y sus colegas no estaban en la misma posición, por mucho que ella estuviera ‘pluribecada’. “Me ha dado rabia que yo tuviera que esforzarme un montón para sacar las notas que he sacado [para no perder la beca] y ver que otras personas se conforman con un cinco porque pueden”. El criterio de nota para mantener las becas privadas le parece a Nora “entendible” porque “los recursos de las fundaciones no son ilimitados”, pero “cada cual tiene sus circunstancias y no siempre es posible mantener la nota”. Pero lo hizo, y ahora posee el título en Derecho. Sabe que se ha esforzado —“Así lo certifican mis notas”, dice—, pero rechaza la retórica del individualismo: “Ha sido un trabajo conjunto de fundaciones y diferentes personas en mi vida que me han ayudado”, afirma rotunda.

Opositando

Una gran cantidad de colegios concertados disimula mediante conceptos varios una cuota que a veces tiene un objetivo claro: que el alumnado del centro sea de entornos socioeconómicos medios o acomodados. Más allá de huir de institutos públicos sobrepasados, asistir a estos centros tiene una función de networking: hacer contactos que puedan servir en el futuro laboral.

Por sus propios medios, Nora se habría encontrado sola al terminar la carrera. No habría sabido en qué consiste una oposición ni, dentro de la judicatura, apuntar a jueza o fiscala. No habría podido tampoco consultar dudas que le fueran surgiendo durante el estudio. Este hecho lo palió una tercera fundación que aparecía para becarla: la Ubaldo Nieto, que sumó su presupuesto a la nueva remesa de dinero de Kellanova, que amplió sus criterios de beca para seguir apoyando a Nora en la nueva etapa. “Gracias a la fundación [Ubaldo Nieto] pude conocer a una persona que es fiscal y a la que le conté mi situación, que veía que no avanzaba, y me aconsejó. Yo sola no habría tenido esa posibilidad”, relata la ahora opositora (...)

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OTRA COSA:  Paseo semanal por CTXT, por Elena de Sus