En las páginas de El Eternauta, la acción pasa por lugares muy conocidos, como la avenida General Paz, el estadio de River Plate o el Congreso Nacional, que no escapan a la caída de los mortales copos fosforescentes. Esa cercanía, ese poder ver el apocalipsis en un escenario familiar, impactó a Huergo cuando leyó de joven este cómic por primera vez. Lo hizo en casa de su tío Rubén, un militante de izquierda que logró “zafarse de la guillotina” de la dictadura. “Cuando sos chico en Argentina, Nueva York, Tokio o Barcelona son tan lejanas como Marte, Xaldhia o Krypton. Ver un héroe, un personaje cotidiano que involuntariamente se convierte en héroe, que juega al truco, padre de familia que cuida a los suyos, cobijado por un lenguaje que no debía decodificar, fue lo que me llevó a seguirlo de cuadro a cuadro, de página a página. Un héroe cercano, que podía tener una ferretería o ser maestro, que a su paso, aunque navega por la eternidad, difuminaba la línea que separaba la realidad y la ficción”, cuenta Huergo.
Azcárate, por su parte, aporta algunas otras posibles interpretaciones al relato de El Eternauta. Según él, la obra insinúa algunos pasos más allá del escenario orwelliano de 1984 porque “si bien es tributaria de la asfixiante atmósfera de sociedad de control de la novela, este ya no es ejercido solo por un ente exterior al individuo, el Estado, sino también por una subjetividad introyectada al sujeto por dos vías”. La primera sería una más “grosera y visible”, la instalación de chips en personas comunes para convertirlas en hombres-robot; y la segunda, más “sofisticada y familiar a nuestra contemporaneidad”, convenciéndolo de que este es el único mundo posible para así llevarlo a la inoperancia y la resignación.
En cierto momento, recuerda Azcárate, Favalli —el profesor de Física amigo de Juan Salvo— reflexiona en torno a “la debilidad de no haber actuado antes”, algo que él interpreta como “una autocrítica por haber dejado que el enemigo se apodere de sus voluntades”, y lo compara con “nuestra contemporaneidad digital saturada de redes sociales, de pantallas y de verdades en 140 caracteres”.
Asimismo, entiende que El Eternauta también plantea preguntas sobre el papel de la información, la memoria y la conciencia en los comportamientos de las sociedades, “ya que en su aparición ‘el fantasma’ le aclara a Oesterheld que la trama que acaba de contarle sucederá de aquí a algunos años. El guionista se pregunta entonces si, al contarla, podrá evitar que lo relatado suceda”.
El guionista chileno Carlos Reyes (Santiago de Chile, 1967) opina que El Eternauta es una obra mayor de la historieta de ciencia ficción a nivel mundial y la sitúa como una de las principales razones que le llevaron a pensar que él también podría escribir cómics. “Osterheld y Solano López crearon en Sudamérica algo que el resto del mundo tardó décadas en comprender: que la historieta es un lenguaje en sí mismo, tan digno como el cine, el teatro o la literatura, una plataforma comunicativa en la que todas las experiencias creativas caben y son posibles, desde las más ligeras hasta las más sesudas, desde el mero entretenimiento, que también me encanta, hasta la exploración de temas complejos y profundos. Ellos me enseñaron que la historieta podía ser todo eso y más”, explica el autor de la novela gráfica Los años de Allende, realizada con el dibujante Rodrigo Elgueta. Ambos son el tándem creativo responsable de otros cómics, como Nosotros los Selk’nam y Víctor Jara: un canto comprometido.
La lectura de El Eternauta, “a pesar de tener ciertos ripios propios de la época como, por ejemplo, el exceso de textos en algunos pasajes”, le hizo apreciar el carácter rompedor y avanzado de la obra de Oesterheld y Solano López. Ahí había materia prima de la que se podía extraer mucho fruto. “No subestimaban a su público lector y le dieron densidad, espesor narrativo, a un medio que el resto aún veía como un mero pasatiempo infantil. Que sus héroes no fueran esos personajes invencibles y poderosos del cómic norteamericano, sino más bien gente común y corriente que se asusta, que se equivoca, que no siempre vence, es otro acierto, nada común en esos años”, valora este escritor, que destaca como muy atrevida la idea de que “algunos de los extraterrestres son meros títeres, carne de cañón de los verdaderos invasores que siempre permanecen en la oscuridad, lo que ofrece múltiples lecturas e interpretaciones políticas posibles”.
Coincide en esa mirada con Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952), Premio Nacional del Cómic en España en 2010 por El arte de volar, ilustrado por Kim, quien recuerda que, más allá del impacto visual que le produjo el trabajo de Solano López, lo que le atrajo de El Eternauta fue el papel de los Ellos, “los malvados indiscutibles de la serie, omnipotentes y al mismo tiempo tan invisibles como anónimos. Los mecanismos del poder son tan oscuros como implacables”.
Su primer encuentro con El Eternauta se produjo en 1979, cuando compró la edición publicada por Nueva Frontera de la segunda parte, titulada El Eternauta y otros cuentos. Interesado por los recursos experimentales que Breccia utilizó en las ilustraciones, reconoce que le gustaron más los dibujos que la historia. Años después se acercó al primer cómic y este le convenció mucho más.
Altarriba sostiene que el planteamiento argumental no era muy original, en tanto que se trata de una invasión extraterrestre y en 1953 ya se habían estrenado películas como Invasores de Marte o la adaptación de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, y en 1956 llegó La invasión de los ladrones de cuerpos. También era una temática muy habitual en las novelas y en los cómics de la editorial estadounidense EC de esa misma época, pero Altarriba matiza que la diferencia con El Eternauta estriba en su sesgo político. “Podríamos decir que en El Eternauta no estamos ante una serie de ciencia ficción de la que deriva una visión política, sino que aquí se trata de una visión política que se disfraza de ciencia ficción para resultar más aterradora. Transponer la acción a otros mundos, a una civilización extraterrestre y supuestamente más avanzada, permite llevar más lejos la represión y la capacidad de anulación de los individuos por parte de las tiranías”. Para este especialista, otra circunstancia muy propia y característica de esta obra es el protagonismo compartido: “Es verdad que Juan Salvo funciona como aglutinante de la acción, pero no se trata de un héroe modélico e invencible como en otras series de cómic”.
Más allá de El Eternauta, Altarriba también evalúa el contexto del cómic en Argentina, no siempre bien considerado. “Solemos olvidar que es un país muy importante en la historia universal del cómic. Antes que en Francia o en Estados Unidos, muchos autores argentinos se tomaron muy en serio esta forma de expresión y creyeron en sus posibilidades artísticas y de denuncia política. En Argentina ya estaban haciendo cómic exigente artísticamente, políticamente comprometido, creativo en recursos narrativos en los años 50 del siglo pasado”. Por eso no cree que El Eternauta fuese específicamente una reacción contra los cómics de EC sino “una lección de cómo con pocos medios y a partir de una forma expresiva considerada infantil se podía hacer gran arte. Fue esta conciencia adulta del medio la que está detrás de El Eternauta y de un buen puñado de obras maestras que aparecieron en Argentina desde hace ya 70 años”.
En ese camino de reivindicación, Alberto Azcárate recuerda que, durante su adolescencia en los años 60, el cómic, llamado historieta en Argentina, era “un género muy popular, de amplia difusión y con una tremenda diversidad de personajes dirigidos a diferentes públicos”. La oferta se condensaba en algunas revistas que ofrecían galerías de personajes, “como Misterix, El Tony, Fantasía, D’Artagnan y otras”. También menciona los “breves cuadernillos de historietas” que llegaban a los quioscos cada semana: “Eran entregas en serie que solían quedar en suspenso bajo el instigante y frustrante rótulo ‘continuará’ y retrataban las epopeyas de personajes como Búffalo Bill, El Zorro, Bat Masterson, Tom Mix, Hopalong Cassidy o El Llanero Solitario”.
El 30 de abril se estrenará en la plataforma de streaming Netflix una miniserie basada en El Eternauta, protagonizada por Ricardo Darín. Es un proyecto del que se lleva hablando bastante tiempo, pero la compañía ha confirmado finalmente esa fecha para el estreno. “Espero que no sea completamente fiel a la historieta, sino que sea fiel al espíritu de ella”, afirma Carlos Reyes, quien pronostica que, de esa manera, la serie podría convertirse en un éxito, aunque recuerda que la historia básica de El Eternauta ya ha sido filtrada, “canibalizada” dice él, en muchas otras producciones audiovisuales, desde Expediente X a Falling Skies. “Hoy la mayoría de las series televisivas de ciencia ficción tienen una calidad mucho mayor que las que vi de joven en los años 80 y el despliegue visual las hace cada vez más verosímiles y posibles, pero muchas carecen de vida, son reiterativas, cáscaras vacías, sin alma”, opina este guionista que, sin embargo, se muestra optimista y expectante por ver a Darín encarnando a Juan Salvo y cómo la historieta publicada por Oesterheld y Solano López “salta al siglo XXI como se merece”.
Por su parte, a Damián Huergo también le entusiasma la posibilidad de ver El Eternauta en pantalla, aunque lo dice con cautela —“veremos cómo deglute la máquina de Netflix todos esos elementos”— y anticipa lo que posiblemente hará la Casa Rosada: “El gobierno negacionista de Milei va a lanzar lecturas previsibles, maniqueas, sin haber leído dos viñetas ni avanzado más del tráiler que ofrece Netflix. Me interesan las lecturas que pueden crecer detrás del ruido y el panic show cotidiano”. Él no espera que la serie sufra censura por parte del gobierno argentino, pero no le sorprenderá “algún tuit disparatado, que relacione el texto con el kirchnerismo, un ladrido sin dientes para distraer la conversación y sacar de escena las acusaciones de estafas, la fragilidad económica, el horadamiento a la democracia que el gobierno actual y la casta que lo alimenta y sostiene están haciendo con nuestro país”.
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