viernes, 27 de diciembre de 2019

Luxemburgo también existe, de José Antonio Martín Pallín

George Gonzalo ·   ctxt.es  23 Dic. 2019    José Antonio Martín Pallín
Martín Pallín ···> "Frente al principio sólidamente consagrado que impone el cumplimiento inmediato de las órdenes de libertad, el Tribunal Supremo se ha sacado de la manga un trámite dilatorio, al dar traslado a las partes para que manifiesten su opinión sobre la inmunidad y la libertad de Oriol Junqueras. Me imagino que en Luxemburgo se habrán quedado estupefactos al conocer tan burda e ilegal maniobra."

Luxemburgo es un pequeño país de la Unión Europea donde los fundadores de la antigua Comunidad Económica Europea decidieron establecer la sede del Tribunal de Justicia, es decir, el Poder Judicial de la Unión, con la misión de interpretar y aplicar el Derecho que emana de los otros dos poderes de esta institución. Todo país que decide incorporarse voluntariamente a este organismo supranacional acepta las reglas del juego y admite que las sentencias que dicta tienen un carácter vinculante, ya que se trata de un órgano cuya misión es garantizar el ordenamiento jurídico propio, sin despreciar o ignorar los sistemas jurídicos nacionales. Cualquier persona iniciada en derecho sabe que el Tribunal de Justicia, a petición de un Tribunal nacional de cualquiera de los países miembros y también en algunos casos de particulares, puede pronunciarse sobre la interpretación y alcance de las disposiciones del derecho comunitario a través de la denominada “cuestión prejudicial”.
Uno de los argumentos que el Reino Unido esgrimía para salir de la Unión Europea era el inaceptable sometimiento de sus tradicionales y sacrosantos tribunales, de honda tradición histórica, a los dictados de un Tribunal situado fuera de su territorio, cuyas resoluciones eran de obligado cumplimiento. Es justo resaltar que la mayoría de los jueces ingleses siempre han sido respetuosos con las decisiones del Tribunal de Luxemburgo. No así los políticos que se encargaron de atizar el histórico nacionalismo de muchos ciudadanos de la Gran Bretaña para hacerles ver, junto con otros trapicheos económicos y financieros, que permanecer en la Unión Europea era, además de ruinoso, una sumisión vergonzosa a los dictados de un Tribunal “extranjero” a cuya jurisdicción se habían sometido voluntariamente. Parece que esta soberbia nacionalista ha prendido en algunos sectores de la sociedad española. No nos extraña en absoluto, dada la ancestral incapacidad mental de muchos de nuestros conciudadanos para asimilar la cultura democrática europea (...)
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