domingo, 30 de mayo de 2021

El 15M, el lado bueno de la historia, de Sergio Catá

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Óscar Sánchez     Por Sergio Catá


El movimiento 15M cumple 10 años. Su espontánea indignación contagió transversalmente a propios y extraños, provocando un tsunami pacífico de ilusión que no fue vaticinado por nadie. Quizá porque Twitter era un concebido no nacido, el odio y no consiguió encontrar la vía para atajarlo. La derecha mas recalcitrante de entonces, la madrileña cómo no, encarnada por Esperanza Aguirre, trató sin éxito de culpabilizar al PSOE, acusándole de estar detrás de aquel movimiento. No coló. Sobre todo porque los acampados, seguramente en su mayoría hijos de votantes del PSOE, querían hacer saltar por los aires el poder establecido, sustentado por la convivencia y conveniencia del bipartidismo.

El 15M tuvo pues un importante respaldo social, la opinión pública lo miró con buenos ojos. Gozó de cierta buena prensa, aguantando bien las embestidas del incipiente tertulianismo barato y del cuñadismo de toda la vida. Ya que no se podía con él, se intentó trivializar sus consignas y fagocitar su espíritu, hasta el punto de que se llegó a hacer un spot de un banco, no recuerdo cuál, que emulaba el modus operandi asambleario de la agitación de manos como señal de aplauso. Entre unos y otros, nadie consiguió acabar con su esencia.

Conservadoras como Cospedal y Aguirre retaron al activismo del 15M a que se presentara a las elecciones en forma de partido. Y esto ocurrió poco después, sin necesidad de aquel envite, de forma natural. La marca PODEMOS fue la crónica de un nacimiento anunciado. Logró, sorprendentemente, cinco representantes en las elecciones Europeas de 2014. A los pocos meses, muchas encuestas daban al partido morado como la primera fuerza política. Un hecho histórico sin parangón. Nunca un partido había crecido tan rápido. Había recogido lo sembrado en el 15M, engordado con su inspiración.

Se encendieron todas las alarmas. Aquel monstruo insolente que retaba a la estructura política y económica del país, tenía que ser derribado como fuera. La tontería revolucionaria había llegado demasiado lejos. Durante los años que siguieron, UNIDAS PODEMOS, la confluencia de la izquierda a la izquierda del PSOE, fue frenada con todo el armamento posible, visible o invisible. Las cloacas del Estado y los brazos mediáticos del poder económico acorralaron al gigante, que en realidad era un niño de pocos años. La sistemática demonización de sus líderes y de aquellas ideas revolucionarias del 15M, no tenía fin. Este bullyng cobarde a una criatura tan pequeña acabó por provocar guerras internas, azuzando el mal sistémico de la izquierda: el purismo. Los “ismos” internos se mataron vivos, el discurso del enemigo fue comprado y caló en los hueso (...)


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