lunes, 6 de mayo de 2024

CTXT. Belicistas acomplejados, de Fernando Hernández

 Fernando Hernández Holgado 17/04/2024

¿Qué se consigue enviando armas, cada vez más armas, a una de las partes en conflicto? ¿De qué manera contribuye eso a un horizonte de paz?

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Sonata de invierno

A los dos años y medio de la guerra de Ucrania, en plena matanza de la población gazatí por el ejército israelí (con sus consecuencias para toda la región) y en medio de todo un clamor de tambores de guerra llamando al rearme en Occidente –OTAN, UE y hasta nuestra ministra de Defensa–, ¿existe alguna esperanza de que los partidarios del pacifismo puedan alzar la voz, o hacer al menos que se oiga? Quizá sí, y quizá sea un síntoma de ello la resistencia misma de algunas voces belicistas a ser calificadas como tales.

En estos tiempos que algunos han denominado de “guerra permanente”, o de “guerra civil global” (Pankaj Mishra), ¿qué es ser “belicista” o “pacifista”? Por lo que se refiere a la actual guerra de Ucrania, la postura “pacifista” de partida defendería teóricamente lo contario del famoso Si vis pacem, para bellum. El envío de armas occidentales al gobierno ucraniano solo serviría para enconar más aún el conflicto y postergar un horizonte de paz al que solo se arribaría mediante un proceso negociador entre las partes enfrentadas. Es cierto, sin embargo, que algunas voces han intentado retorcer el término. Con ocasión de la aplicación de la fórmula de la “guerra justa” a la resistencia ucraniana, la periodista de El PaísEstefanía Molina llegó a sostener que el “verdadero” pacifismo consistía, en realidad, en enviar al gobierno Zelenski todas las armas que precisase (10/02/2023). No parece, sin embargo, que este novedoso intento de “resignificación” gozara de mucho éxito: si algo demostraba era la superioridad moral de los conceptos “paz” y “pacifista”. O que los defensores del envío de armas a Ucrania preferían ocupar la trinchera –perdóneseme el símil militarista– del “pacifismo” antes que la de su antónimo, que no es otro que “belicismo”. Estaba claro que este último concepto seguía teniendo mala prensa.

Ya más recientemente, en un marco caracterizado por el cansancio producido por la prolongación de la guerra, otras voces igualmente defensoras de la continuación del envío de armas al gobierno ucraniano y desconfiadas –cuando no reacias– a la apertura de cualquier proceso negociador de paz, han evidenciado esa misma incomodidad hacia el término “belicista”, teóricamente aplicado a su postura. El también periodista de El País Andrea Rizzi (06/04/2024), en rápida reacción a las reflexiones críticas de colegas como Ignacio Sánchez-Cuenca y Najat El Hachmi, se ha apresurado a renegar de la palabra. “Belicista” sería para Rizzi, apoyándose en el DRAE, aquella persona partidaria “de la guerra como medio para resolver los conflictos”. Según su argumento, y dado que, salvo una “minoría”, la gran mayoría de la población “aborrece la guerra”, no quedaría prácticamente un belicista en pie, y él menos que ninguno. El periodista daba así un salto mortal de tipo semántico, porque una cosa es defender la guerra como medio de resolución de los conflictos, sea aquella un “bien” o incluso un “mal” –menor o necesario en aras de un bien superior– y otra cosa, muy distinta, es “aborrecerla”.

Más allá de algún ejemplo lejano, como el Manifiesto Futurista de Marinetti que en 1909 glorificó la guerra como “única higiene del mundo”, ni siquiera los “belicistas” según el DRAE han defendido nunca la guerra como fin moralmente superior o deseado. La frase del italiano quedó para la Historia como la extravagancia de un estrafalario genio. Efectivamente: casi todo el mundo ha aborrecido y aborrece la guerra, al menos como horizonte de deseo. Un rápido rastreo de ejemplos históricos nos confirmaría que hasta los Estados más guerreros han disfrazado la agresión armada –la propia– como obligada medida defensiva. La Alemania nazi desencadenó la invasión de Polonia en septiembre de 1939 amparada en un casus belli falsificado. El sabotaje de la antena de radio de la población entonces alemana de Gliwice (Gleiwitz), en la que supuestos nacionalistas polacos leyeron un mensaje antigermánico, que llamaba a una supuesta “limpieza ética”, fue en realidad una operación encubierta de las SS. Lo mismo podría decirse de la invasión de Ucrania por Rusia de febrero de 2022, disfrazada de “operación militar especial” de carácter defensivo, o del término de “genocidio preventivo” utilizado por el gobierno de Slobodan Milosevic para justificar la ofensiva militar contra las poblaciones croatas y bosniacas en 1992 (...)

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