domingo, 27 de febrero de 2022

DE IRRESPONSABLES Y GUERRAS, de Javier Nix Calderón

 Javier Nix Calderón  24/2/22

DE IRRESPONSABLES Y GUERRAS
Hemos llegado hasta aquí, hasta esta guerra, por la irresponsabilidad de aquellos que nos gobiernan y entienden el mundo y a los que lo habitan como un inmenso tablero desprovisto de alma. Por la irresponsabilidad de Estados Unidos, aunque no únicamente, claro, que se niega a aceptar que las reglas del juego han cambiado, por sus intentos de cercar a Rusia, amenazando su espacio vital con ese ariete de su política exterior que es la OTAN. Los Estados Unidos, en connivencia con ese mayordomo de su palacio que es a día de hoy la Unión Europea, se dedicaron, allá por los inicios del siglo XXI, a integrar en la alianza militar atlántica a países de la órbita soviética, como Rumanía, Hungría y Bulgaria, y a las antiguas repúblicas soviéticas bálticas, aprovechando su entrada también como miembros de la Unión Europea.
Quedaba claro que el orden mundial que había surgido del final de la Guerra Fría tenía un marcado carácter beligerante hacia el poder ruso. Pesaba mucho sobre la memoria reciente la tensión brutal que el choque de las dos grandes superpotencias había tenido sobre el continente europeo, con sus primaveras abortadas, sus amenazas de agresión nuclear y el miedo permanente a una hecatombe de proporciones apocalípticas. En el momento en que la Unión Soviética se desintegró, allá por 1991, Occidente se apresuró a decretar el fin de la historia, declarando el triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado sobre el comunismo. Aprovecharon, ya de paso, para desmantelar el área de influencia ruso en Europa, empujando a Rusia hasta sus límites geográficos más reducidos en los últimos trescientos años. En mi opinión, esta guerra pone sobre la mesa el hecho de que Rusia está en condiciones, treinta años después de la caída de la URSS, de recuperar su área de influencia en Europa Oriental. Entiendo que la política exterior de Putin ha renunciado al control de las repúblicas soviéticas, hoy en la órbita de la OTAN, pero bajo ningún concepto iba a renunciar a Ucrania.
Hemos llegado hasta aquí por la irresponsabilidad también de Rusia, que lleva años embarcada en una deriva ultranacionalista, apoyando su relato unas veces en el espíritu de lucha antifascista de su guerra nacional contra la Alemania nazi, otras en el sueño imperial de la época de los zares. Al imperio ruso se le conocía, allá por el siglo XIX como “un gigante de pies de barro”. Gigante por su inconmensurable dimensión geográfica (17 millones de km2) y su poder militar; pies de barro por la fragilidad de su economía, basada casi exclusivamente en la producción agrícola. Hoy no es muy diferente: su ejército es uno de los más potentes del mundo, pero su economía nacional es endeble y ha provocado el mayor aumento de la desigualdad en el país en los últimos veinte años. Putin, el cerebro actual de ese gigante de pies de barro, encarna la nueva sensibilidad rusa hacia el mundo: cansados de lo que en Rusia se consideran agravios de Occidente, el gobierno de Putin reniega del unilateralismo de los Estados Unidos, firmando alianzas estratégicas con Irán y China, apoyando a regímenes autoritarios como el sirio o aumentando su presencia en África en una expansión que huele a neocolonialismo pero que mantiene una apariencia de apoyo a la independencia africana.
Hemos llegado hasta aquí por la irresponsabilidad de la Unión Europea, hoy más que nunca un oxímoron, una amalgama de intereses económicos y comerciales a menudo contrapuestos que obedecen a la lógica nacional de cada estado. Mientras la UE se llena la boca con expresiones grandilocuentes como “violación del derecho internacional”, “ataque contra los derechos humanos” o “condena flagrante de la agresión rusa hacia Ucrania”, las cancillerías de Europa no han movido un dedo, ni lo harán, para frenar el ataque ruso. Jamás entró en su hoja de ruta. Ucrania es un peón que va a ser sacrificado sin que a nadie en Europa le importe demasiado, pues el apoyo occidental a su entrada en la OTAN tenía más la apariencia de un globo sonda para medir la voluntad imperial rusa que una declaración sincera de cooperación económica y/o militar. La Unión Europea ha vuelto a demostrar su precario equilibrio en este mundo multipolar. Cuando observo las declaraciones de los mandamases de Europa, veo a muñecos de ventrílocuo por cuya boca de madera sale la voz del Tío Sam. Estados Unidos, que se juega bien poco en esta crisis, ha vuelto a pintarle la cara a Europa y a poner de relieve su manifiesta incapacidad para actuar como un actor político independiente.
¿Quién pagará tanta irresponsabilidad? Los de siempre, los débiles, las pobres gentes que viven, o a menudo malviven, y padecen la megalomanía y la voracidad de los dueños del mundo, encerrados en sus torres de marfil, enfermos de codicia y nostalgias del pasado, de sueños imperiales y ansias de dominación. Esa irresponsabilidad la están pagando ya los ucranianos, una población asustada que inunda las carreteras en dirección a los países vecinos tratando de ponerse a salvo. El ser humano nunca será la medida de todas las cosas, que decía Protágoras, porque aquí, en este planeta que padecemos, todo lo manda el dinero, las proyecciones a futuro, el diabólico cálculo de las ganancias políticas, económicas y territoriales que desdeñan el dolor causado, los éxodos de población, las muertes.
Creo que Tony Judt, el historiador británico, tenía razón cuando dijo que “por ahora, la principal tendencia del siglo XXI ha consistido en volver al XIX”. Basta con abrir un libro para saber que aquel siglo dramático, de desigualdades brutales y sueños imperiales, desembocó en la pesadilla de una guerra, la de 1914, en la que se desangró un continente entero y se engendraron las pesadillas que hirieron de muerte al mundo un no tan lejano año de 1939. Malditas sean las guerras y aquellos que las provocan.

No hay comentarios: