jueves, 2 de diciembre de 2021

El ‘negocionismo’, de Juan Bordera / Antonio Turiel

 Juan Bordera / Antonio Turiel 22/10/2021

Tan contentos estábamos con que se consiguiera por fin un acuerdo sobre el cambio climático que no hemos denunciado que algunos de nuestros nuevos ‘aliados’ habían venido a hacer negocio

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Mire a su alrededor con precaución. Quizá tenga a alguno cerca de usted y no se haya percatado. En su trabajo, en su familia, tal vez en su grupo de amistades, o quizá pueda serlo usted mismo. La figura del negocionista está en boga aunque aún no se le había puesto nombre por su conocida y temida habilidad de camuflarse cual gattopardo. Su apetito voraz de recursos –los que dice defender– no parece tener fin. 

¿Qué es un negocionista? Alguien que ha mutado hábilmente sus posiciones desde el negacionismo (en sus múltiples formas posibles: climático, energético, político, económico…) a una posición más sutil en la que puede seguir sacando tajada ahora que los tiempos están cambiando. También puede ser alguien que sabe aprovechar el curso de los vientos para que su cuestionable posición sea vista como aceptable y así sacar rédito de ella. ¿Greenwashing? Sí, gracias. ¿Crecimiento? Hasta el infinito y más allá. ¿Fondos Next Generation? Todos para Iberdrola, Endesa y San Florentino Pérez, defensores a ultranza de las generaciones venideras.  

Hagamos un pequeño repaso histórico antes de mirar hacia el futuro. Corría el año 2007 cuando M. Rajoy consiguió que su primo se arrepintiera de haberse dejado llevar por el calor del vino –¡viva!– en la última cena familiar. En aquella época el PP abanderaba el negacionismo climático patrio; la lucha contra la que hoy en día se reconoce como la mayor amenaza existencial para nuestra especie era desdeñada desde uno de los principales partidos políticos de nuestro país. El propio Jose María Aznar dijo en 2008 que no tenía sentido destinar recursos, como solicitaban “los abanderados del apocalipsis climático”, “a causas tan científicamente cuestionables como ser capaces de mantener la temperatura del planeta Tierra dentro de un centenar de años y resolver un problema que quizá, o quizá no, tengan nuestros tataranietos”.

Tan solo dos años más tarde, en 2010, Aznar fichó por el Global Adaptation Institute, en un giro absolutamente copernicano. Muchos recordamos un vídeo en el que el expresidente decía que incluso si uno no creía en el cambio climático, apostar por las medidas de su mitigación era una buena idea, y podía ser un buen negocio. Negocio. La palabra clave. Pavlov la usaría para hacer salivar a todo buen negocionista que se precie.

Han pasado 11 años desde ese telúrico momento. Y ya no queda nadie en el PP que se atreva a alzar la voz en público denostando a los que hace poco más de una década consideraban “alarmistas climáticos”. Incluso mientras Trump, negacionista contumaz, ha permanecido en la Casa Blanca, nadie en el PP ha desempolvado esas fobias, que ahora se han convertido en feudo exclusivo de una ultraderecha rancia. Esta, cuando aún sea más evidente la gravedad del asunto, tratará de mutar también –probablemente hacia las coordenadas de algún tipo de ecofascismo que ahora ya maneja subliminalmente. Al tiempo (...)

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